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Bad Bunny llega al Super Bowl 2026, la noche en que nadie se queja de los anuncios

La final de la NFL es la excusa. Lo que realmente paraliza al mundo son los anuncios millonarios, el espectáculo musical y el debut de Bad Bunny como figura central del medio tiempo.

En RD ya salimos de nuestra temporada deportiva favorita, pero en gringolandia todavía no. Este domingo 8 de febrero es el equivalente de un juego de serie final entre Águilas y Licey para ellos. Exacto, el Super Bowl. En ese partido, dos equipos de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL) se van a matar por el campeonato y el derecho de dar cuerda.

Mientras ellos están en eso, millones de personas tendremos los ojos en otra cosa. Porque cuando se trata del Super Bowl, están los que saben lo que es un touchdown y los que vemos los anuncios y el medio tiempo. Porque hace siglos que ese partido dejó de ser una simple final. Hoy, es el evento cultural más grande de los Estados Unidos. Una mezcla rara de fútbol, música y anuncios millonarios que suena como un arroz con mango pero funciona a la perfección. 

Este año, las expectativas están por las nubes. No solo porque los anuncios están más caros que nunca, sino porque el medio tiempo viene en español. Bad Bunny va a la cabeza del show justo en el momento más alto de su carrera. Así que antes de llegar al party, repasemos cómo este evento se convirtió en la única noche del año en la que la gente se queda viendo los anuncios.

Erase una vez

El Super Bowl no nació como el monstruo que conocemos hoy. El primero se jugó el 15 de enero de 1967, y para esa época ni nombre tenía. Jugaron los Green Bay Packers y los Kansas City Chiefs. Sí, donde juega Travis Kelce hoy, el prometido de Taylor Swift. 

El juego fue en el Los Angeles Memorial Coliseum y ni se llenó. Las entradas costaron entre 6 y 12 dólares y aún así quedaron miles de asientos vacíos. A diferencia de los precios de este año, que rondan los 7,000 y 35,000 dólares aproximadamente. Irónicamente, ahora sí se llena.

Al principio, el Super Bowl era una simple final deportiva. Importante sí, pero no parte de la cultura pop. Pero la NFL, ni tonta ni perezosa, se dio cuenta de algo. Cada año, más personas veían el partido en la televisión. Familias completas, amigos, vecinos se iban juntando por unas cuantas horas para verlo. ¿Un país entero con los ojos en ti? Claro que había un negocio.

Una pausa comercial

Por allá por los finales de los 60 y gran parte de los 70, los anuncios del Super Bowl no eran nada del otro mundo. Eran de carros, cervezas o cosas domésticas como en cualquier otra transmisión deportiva. La gente no hablaba de eso al otro día, los comentarios de que “tal marca ganó el Super Bowl” no existían y los rankings del mejor anuncio mucho menos.

Hasta que alguien entendió que podía hacer más. En 1984, Apple lanzó EL anuncio. Estaban dando a conocer sus computadoras Mackintosh, las famosas Macs de hoy. Steve Jobs estaba decidido a echar el pleito contra la marca IBM. Con Ridley Scott como director, más de 300 extras y 400,000 dólares en producción, era una película. Apple pagó 900,000 dólares por la colocación, una cifra ridícula para la época. Pero valió la pena. Ese momento cambió las reglas del juego. 

A partir de ahí, las marcas se volvieron locas. No, en serio, se salieron de control. El pleito sobre cuál daba más de qué hablar se volvió un partido más reñido que el juego. Empezaron a tirar la casa por la ventana con guiones elaborados y estrellas de Hollywood como si fuera una alfombra roja. Metieron comedia, tecnología y producciones de apaga y vámonos. Ahora, con las redes sociales, hasta trailers tiran antes del anuncio. 

¿Y el dinero? Tú supiste. Para este año, la media de un anuncio de 30 segundos fue de 8 millones de dólares, con par de marcas llegando a pagar hasta 10 millones. Un récord. De esas marcas que veremos el domingo, ya han ido sonando algunas: Fanatics Sportbooks con Kendall Jenner y “la maldición Kardashian”; Pepsi con un oso polar igualito al de Coca-Cola; Pringles poniendo a Sabrina Carpenter a salir con un hombre hecho de papitas, entre otras.

Un partido en medio de un concierto

Así como la publicidad, el show del medio tiempo empezó sin mucho que ofrecer. Era casi una actividad de colegio. El entretenimiento lo ponían bandas universitarias, los pasos de baile sacados del Club de Isha y no había el aparataje que conocemos hoy. Hasta que la NFL entendió que si todo el mundo estaba mirando, podían hacer algo más grande.

Empezaron a buscar nombres de peso y a subir el nivel de producción. En 1993, cambió todo. Cuando Michael Jackson subió al escenario, se pararon las aguas. Claro, era Michael Jackson. Pero él también hizo tremendo show. Solo de recordar su entrada con la chaqueta negra, los lentes de sol y los segundos que duró sin moverse, se nos paran los pelitos. 

Después de eso, el medio tiempo dejó de ser una pausa del juego para ser un momento cumbre en la carrera de un artista. Y por eso no se elige a la ligera. Hoy, la NFL trabaja con Roc Nation, la empresa de Jay-Z, para dirigir todo. Revisan el impacto global, qué tan relevantes son, su lista de éxitos y si tienen los cojones de tirarse el espectáculo arriba sin que parezca un show de resort mala clase.

Y sí, los rumores son ciertos. No le pagan ni un chele. La NFL cubre producción y logística, pero al artista no le toca nada. Eso sí, no escatiman en gastos. Llegan a soltar hasta 10 millones de dólares en eso. El pago del artista es la exposición. Sus streams se disparan y su nombre se cuela en la conversación mundial durante semanas. Nada más recuerda el de Kendrick Lamar en 2025, que se volvió el más visto con 133 millones de views.

Por eso, los organizadores amarran a los artistas con cláusulas de exclusividad que limitan presentaciones en otros grandes eventos, como los Grammys, que siempre pasan cerquita del partido. El show no se puede quemar antes de tiempo. Ese outfit y esos momentos icónicos se tienen que estrenar en el terreno.

El baile inolvidable de Bad Bunny

Este año, el momento le toca a Benito Antonio Martínez Ocasio. Será el primer espectáculo de medio tiempo con un artista latino solito a la cabeza. No como invitado ni para compartir escenario con otros. Y ojo, esto no significa que antes no hayan pasado artistas con raíces latinas por el medio tiempo del Super Bowl. Pero lo de Bad Bunny es otra cosa. Es un artista que canta en español, piensa en español y construyó su carrera de este lado. 

El anuncio oficial salió en septiembre del año pasado y armó un reperpero más grande que de costumbre. Si no recuerdas, Bad Bunny empezó su gira mundial en la que decidió no incluir fechas en Estados Unidos por el lío de ICE y los latinos. Cuando anunciaron que iba para el medio tiempo, un grupo dijo que Benito era un vende patria. Trump y los nacionalistas gringos empezaron su drama porque no quieren a alguien cantando en español en “su” show. Pero con todo y el pataleo, el party va.

Bad Bunny llega al Super Bowl con su Grammy de Álbum del Año bajo el brazo, dispuesto a seguir dando carpeta. Justo ayer dijo en una rueda de prensa que el show será una fiesta para celebrar la cultura boricua y la comunidad latina. Y dijo que la gente no tiene que aprender a hablar español para gozar.

Como siempre, se estima que la presentación dure entre 12 y 15 minutos. El internet tiene sus apuestas sobre cuáles canciones están en el setlist y si llevará artistas invitados. Que si Elvis Crespo, que si Tego Calderón. O tal vez a Shakira y JLO para devolver el favor de cuando fue invitado al show que encabezaron ellas en 2020. Todo puede pasar.

Lo que sí sabemos es quiénes más van a cantar antes del medio tiempo. Green Day está a cargo de la apertura; Charlie Puth, cantará el himno y Brandi Carlile, America the Beautiful. A la cantante Coco Jones le toca Lift Every Voice and Sing, un himno simbólico para la comunidad afroamericana, y a los intérpretes en Lengua de Señas Americana se van a fajar con las manos a acompañar las presentaciones. 

Terminos y condiciones aplican

Todo muy bien, todo muy bonito. Para nosotros en casa. Para la ciudad anfitriona no es un maíz. Cuando una ciudad le da el “sí” al Super Bowl, tiene que cumplir con más requisitos que ir a buscar visa. Lo primero es que la liga exige un mínimo de 70 mil asientos, y si la ciudad es fría, el estadio tiene que ser techado. O la ciudad tiene que pagar sistemas de calefacción bajo la grama.

Para rematar, la NFL se adueña del estadio por casi 60 días sin dar ni uno. Un todo incluido que dura 30 días antes del juego y 24 después. Durante la semana del Super Bowl, ni se diga. La ciudad respira Super Bowl. Hoteles, transportes, estacionamientos, todo. Si un cajero no trabaja con los patrocinadores oficiales, puede desaparecer. Lo mismo con bebidas y comida dentro del estadio. Aquí manda quien pone el logo.

En el Super Bowl, la NFL no solo manda en la cancha, también en la taquilla. La liga controla toda la venta de boletos, se queda con la mayor parte del dinero y deja al equipo local con un pedacito para los chicles. Lo mismo pasa con los palcos de lujo. Los mejores asientos tienen dueño fijo: los equipos que juegan, la cadena de televisión y Roger Goodell, el comisionado de la liga. La ciudad anfitriona solo pone el estadio y obedece.

Y las exigencias no terminan ahí. Para recibir el Super Bowl, la ciudad debe ofrecer gratis campos de golf de nivel campeonato, boliches premium para eventos benéficos, miles de autos de renta, estacionamientos exclusivos y un sistema de transporte que funcione como reloj suizo. A eso se suman exenciones de impuestos en boletos, parqueos, mercancía y eventos relacionados, mientras cientos de jets privados aterrizan en aeropuertos cercanos pagando entre 10 y 20 mil dólares solo por tocar pista. Un negocio redondo.

Así que sí, aún cuando no lo entiendas o no lo aceptes, el Super Bowl es el evento que todo el mundo mira aunque no sepa cómo se juega.  Ah, y por si querías saberlo, este año el partido es entre los Seattle Seahawks y los New England Patriots, en una revancha de la final del 2015 que nadie pidió pero que aquí está.